“¡Viva la libertad!”, gritó Mauricio Tabe frente a miles de personas durante el Grito de Independencia en Miguel Hidalgo.
Abajo, la imagen era bastante menos solemne: un trabajador se desplazaba por el piso mientras manipulaba equipo para evitar aparecer en el encuadre.
No está acreditado que Tabe le ordenara hacerlo. Pero tampoco hace falta inventar una orden para cuestionar una escena que exhibe una incómoda jerarquía: el funcionario merece el escenario impecable; el trabajador debe desaparecer de él.
El episodio generó críticas en redes precisamente por esa contradicción. Mientras Tabe hablaba de libertad, democracia y solidaridad, quien hacía posible el acto realizaba su trabajo prácticamente pegado al suelo.
Un cargo público no vuelve más digna a una persona. Tampoco un trabajo operativo convierte a alguien en parte del mobiliario que debe esconderse cuando llegan las cámaras.
Si la producción exigía preservar el encuadre, la organización podía encontrar una solución que no implicara colocar a un trabajador en esa posición.
Tabe puede no haber dado la instrucción. Pero encabeza la administración responsable del evento y puede explicar qué ocurrió y bajo qué condiciones trabajó ese personal.
Porque la libertad luce muy bien desde un balcón.
La dignidad se demuestra mirando también a quienes están abajo.













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